martes, 20 de enero de 2015

EL PRÍNCIPE Y EL MENDIGO EPISODE 14

El enorme y suntuoso castillo de Calabria estaba sumido en un extraño silencio, el ambiente de soñolienta melopea que venía reinando días atrás se había esfumado abruptamente desde que se había dado a conocer la noticia que corrió a través de las habitaciones reales hasta las bodegas de los sirvientes. Pronto, todos en el palacio se enteraron de que el poderoso Erpa-ha  había desparecido.
Corría el transcurso del tercer día desde su desaparición y las tropas enteras de Mónaco y Calabria se habían movilizado y habían emitido una alerta, El rango de Jaejoong era demasiado alto y la prioridad de los soldados era encontrarlo, y encontrarlo a salvo. Las pesquisas eran encabezadas por el mismísimo príncipe Changmin y el Noble de alto rango Yunho, apoyadas por sus respectivos capitanes. Los Reyes de Calabria estaban sumamente apenados, y los soberanos de Mónaco profundamente indignados, el Rey Magnus había amenazado al Rey Donsik, vociferando a todo pulmón por más de veinte minutos en su sala de recepciones privada, advirtiendo
que si se le entregaba a su Erpa-ha con el más mínimo rasguño, no sólo no habría boda; si no que Mónaco le declararía la guerra a Calabria.

—¿Por un simple comandante? —había preguntado el rey recibiendo como respuesta una mirada repleta de odio por parte de Magnus— ¿Cancelarás la boda y la fusión de nuestros Reinos?

—No es sólo eso Donsik, Jaejoong es mucho más, es… uno más de la familia, Y la boda queda suspendida hasta que encuentre a mi “simple comandante”.

—No entiendo porque tanto cariño hacia un… sirviente, y no creas que no veo el encaprichamiento de vuestra hija por él, ni siquiera mira a mi Príncipe Changmin e incluso el mismo Changmin ha empleado a todos mis soldados para buscarle. —El Rey Magnus sonrió con petulancia.

—No te ofendas amigo mío, pero Jaejoong es mucho más valioso en cuanto a actitudes que ese altanero Príncipe hijo tuyo, y si tuviera al menos una gota de sangre real, lo casaba con mi hija sin pensármelo siquiera. ¿Sabes qué? Quizá hasta lo haga.

—No lo harás —el rostro de Donsik se ensombreció—, tampoco creo que sea más valeroso que Changmin, quien es precisamente eso, un príncipe de sangre real pura; pero estoy de acuerdo en que sea buscado si tan valioso es para tu familia, no objetaré nada a mis soldados. —Si lo hicieras serias muy corto de visión, viejo amigo; es prioridad para mi familia que el joven aparezca, así tenga que saquear y quemar toda la isla, y más os vale que lo encuentre intacto.

— ¿Serias capaz de declararme la guerra, amigo mío, por un simple príncipe recién nombrado?

—Totalmente capaz— había respondido Magnus, antes de retirarse dando un sonoro portazo.


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El tintero estaba volcado sobre la mesa, dejando sobre la madera un lento reguero de tinta negruzca, semejando lentos riachuelos de sangre oscura. Algunas gotas cayeron sobre la mullida alfombra de la enorme sala de audiencias generales y estrategias militares del palacio de Calabria.
Comenzaba a caer la tarde, iluminando tenuemente un cielo plomizo que amenazaba lluvia. El lugar estaba vacío a excepción de la solitaria figura del príncipe Changmin, quien estaba de pie frente a las ventanas, con la frente apoyada contra el cristal y sus pensamientos corriendo desbocados, sobre la enorme mesa de madera africana oscura con forma rectangular en la que cabían fácilmente unas cuarenta personas estaban
desperdigados sin cuidado los rollos de papiro y los pergaminos sobre la búsqueda de Jaejoong.
El Príncipe había volcado el tintero en un arrebato de angustia y desesperanza al leer lo que Yunho acababa de dejarle, el más reciente pergamino relataba que en efecto, los soldados habían logrado reconstruir la última maniobra de Jaejonog, y encontraron el rastro que lo llevó hasta su antigua casa, donde llegaron con ayuda de Yoochun. Pero eso no era lo que desesperó a todos; el dato alarmante era que los soldados habían encontrado en el piso de arriba signos de lucha, una vela volcada, los muebles desordenados y una oscura mancha de sangre negruzca que se había comenzado a coagular en el fondo de las grietas de la madera del suelo del antiguo dormitorio del pelinegro  sin duda alguna, alguien lo había atacado…

Changmin  estampó su puño sobre el grueso cristal, obteniendo como resultado que este se agrietara desde el suelo hasta el techo. Incluso algunas astillas de cristal aterrizaron a sus pies; no le importó. Después caminó de regreso hasta la silla en donde había estado sentado, se dejó caer fatigado y se arrancó la corona de la cabeza, lanzándola contra la pared en un arrobo de violencia, estaba completamente apabullado, pasando por la peor
crisis que hubiera tenido en sus veinte años de existencia.
Estaba a punto de comenzar a treparse por las paredes cuando un sonido en la puerta lo alertó, y al volver la mirada saltó de la silla como si hubiese recibido una especie de descarga eléctrica, sus ojos se desorbitaron y su capa se agitó al momento en que Changmin salió a trompicones de la silla por la sorpresa ante la visita; como si la pequeña y menuda figura de la princesa Ambrosía fuese a transformarse de pronto en una hambrienta tigresa de la India.

—Changmin —habló ella con su aguda voz de soprano—. ¿Podemos hablar? El príncipe tragó duro y asintió, ya más tranquilo, aunque con la misma sorpresa helada. Aquella chiquilla jamás se había dirigido a él ni siquiera por su nombre, pero ahora lo buscaba y eso se le antojaba muy, muy extraño.

—¿Huh?... ah, sí, si pasa —dijo él, sintiéndose muy cortado; la guió hacia los mullidos sofás blancos que estaban al centro de la gigantesca y vacía habitación y esperó a que ella se sentara, como todo un caballero. Después él tomó asiento frente a ella y se quedó callado como un muerto, mirando el apasionante diseño a base de grecas de la alfombra.

—Changmin… ¿Qué noticias tienen? —preguntó ella muerta de timidez, tenía las manos juntas en el regazo y apretaba de manera inconsciente la tela de su vestido color marfil.

Changmin  la miró atentamente, nunca la había tenido tan cerca, por lo que nunca había podido apreciar verdaderamente su hermosura.
Tenía en realidad una belleza legendaria, sus cabellos rubios eran tan finos que parecían de cristal, sus labios rosas se curvaban como los de un Cristo Infante, pero todo era dominado por los límpidos ojos azules que nunca mentían. Totalmente hermosa, aunque esa hermosura se encontrara ahora teñida de desesperanza y aflicción.

—Las… búsquedas van bien —mintió Changmin sin saber por qué, dentro de él había surgido un extraño sentimiento de protección que no quería ver sufrir a la chiquilla.

—¿Por qué todos me mienten? —ella se lamentó.

—¿…Cómo dices?

—Sé que me mienten Changmin… de otro modo no me habrían ocultado los pergaminos, ni mis padres estarían tan furiosos y nerviosos; por eso tu me dirás la verdad ¿lo harás? —

preguntó, clavando sus enormes ojos azules en los orbes marrones de Changmin, en una muda suplica mojada de lagrimas saladas.

—Bueno… —balbuceó el príncipe. Si, le contaría la verdad—Los soldados pudieron encontrar su rastro y seguirlo pero… —decidió mirar hacia otro lado mientras hablaba—, lo perdieron llegando a la… esto, a la antigua casa de Jaejoong.

—¿Y que encontraron ahí? —preguntó ella con perspicacia, acorralándolo.

Changmin suspiró sintiéndose derrotado, se levantó y fue hasta la mesa para tomar el informe de Yunho y se lo tendió a la princesa mientras volvía a sentarse frente a ella, y fue testigo de cómo sus azules pupilas se iban dilatando y aguando aun más conforme leía los hallazgos. Cinco minutos después, Ambrosía lloraba con desolación, sumiendo a Changmin en un estado de terrible incertidumbre.
La princesita lloraba devastada, con la cara escondida entre las manos, los hombros temblorosos y el cabello cubriéndole el rostro, y Changmin se sentía terriblemente culpable, no quería que ella llorara más, así que se deslizó de su asiento al de ella y la tomó en sus brazos para consolarla.

—Calma princesita.

—¿Crees que… este muerto?

—No, no lo creo, Jaejoong es fuerte —dijo Changmin, negándose a pensar siquiera en la posibilidad de lo que Ambrosia acababa de plantear. ¿Y a todo esto porque la consolaba? Ella pretendía quitárselo, estaba seguro. De todas maneras no la soltó.

Changmin sentía que estaba abrazando a una especie de conejo pequeño y esponjoso, la princesa era muy delgada y las manos que tenía aferradas a sus solapas eran tan blancas que lucían casi transparentes, incluso se podía ver el tenue trazado de venas color lavanda por debajo de la palidez de la piel. Era linda, tierna y dulce y olía maravillosamente a flores, golosinas y color rosa. Entendía mejor porque Jaejoong la quería tanto, su hermosura era grande, pero jamás podría casarse con alguien como ella, la veía más bien como vería a una hermana pequeña, con una especie de cariño intocable a base de cólera y protección.

La tarde continuó su lento y majestuoso camino hacia el ocaso, y comenzaba a anochecer cuando Changmin se dio cuenta de que la princesa se había quedado dormida en su regazo, así que encogió los hombros y se levantó con ella en brazos sin hacer apenas esfuerzo, pero cuidándose de no despertarla y caminó fuera del salón de audiencias. En el pasillo se encontró con Yunho.

—¡Ahí esta! —bramó al ver a Changmin, quien dio un ligero brinco— ¿Qué les has hecho? — preguntó amenazador y asustado….-Changmin torció el gesto, molesto.

—Nada. ¿Qué voy a hacerle? ¿Qué le han hecho ustedes? Sería mejor pregunta —dijo Changmin, bien plantado con ambos pies en el suelo.

—¿A qué se refieres? —cuchicheó este, extendiendo los brazos para tomar a la princesa durmiente, pero Changmin no se la entregó.

—Me refiero a que la tratan peor que a un bebé, es una chica algo frágil, sí, pero no abusen de ello, díganle la verdad, merece saberla.

—No me diga que usted le dijiste que…

—Sí, se lo dije —cortó Changmin—, ella es miembro de la familia Real de Mónaco, no una chiquilla insignificante, tiene derecho a saber lo que sucede a su alrededor —dijo, extendiendo los brazos para que Yunho se hiciera cargo— ¿Alguna novedad? — preguntó, pero calló abruptamente al ver venir a su abuela con paso lento, como
aparecida desde la niebla del averno.

La anciana esbozó una sonrisa desdentada, radiante y repleta de ternura al ver a Changmin,  el siempre le alegraba el día, y disimuladamente lo examinó.

—Changmin querido —chilló la mujer, tendiéndole los brazos. este suspiró, hizo una mueca parecida a una sonrisa y le dio un leve abrazo.

—Que tal abuela —dijo. Yunho hizo una reverencia forzada, tanto por el desagrado como por el peso de la Princesa que dormía ahora en sus brazos.

—Buen día Majestad —dijo Yunho a regañadientes—, si me lo permiten me retiro.

—Espera —espetó la mujer, mirando a la Princesa Ambrosía—. ¿La Princesa, está bien?

—Si lo está abuela —terció Changmin—, solo se ha quedado dormida.

—Oh bueno, entonces puedes retirarte —le dijo a Yunho, quien la miró con el ceño fruncido.

Yunho no tenía ni idea del porque la aparición de la anciana había hecho que se le formara un nudo en el estomago, pero sabía que ese tipo de sensaciones casi nunca se presentaban sin que hubiera una buena razón para ello; y además el gusano de la preocupación por Jaejoong seguía royendo sus entrañas, tendría un ojo puesto en la anciana, dentro de él surgió una chispa de sospecha, todo su ser gritaba peligro. Se retiró.

—Te ves preocupado cielo. ¿Está todo bien?

—No abuela, no estoy bien, estoy preocupado por un… amigo, un Erpa-ha de Mónaco que ha desaparecido.

—¿Desaparecido? —replicó la abuela, con tono agudo.

—Sí, alguien lo ha atacado y si no aparece no se… habrá muchos problemas…todos en el Reino entero le buscan… ahora si me disculpas…

La anciana se había quedado sin voz, y prácticamente sin color… ¿sería posible que fuera el mismo? ¿Tan obsesionada había estado con la captura del Príncipe Mayor que no sabía quién era en la actualidad?

—¿Y… como se llama ese joven al que todos están buscando? —¿Te interesa?

—Sí… tal vez pueda ayudar…

—Kim Jaejoong .

—¿Y… dices que es… un Erpa-ha? —replicó ella con un hilo de voz.

—Sí, ya te había hablado de él, hace un año abuela, es el hijo de mi nana.

—Ya veo… —la anciana balbuceó estúpidamente y miró hacia otro lado.

—¿Estás bien? ¿Sabes algo de él? —dijo Changmin con la voz repentinamente fría.

—¿Yo? Oh no querido —sonrió la anciana, disimulando a la perfección— en verdad espero que lo encuentren pronto sano y salvo, pobre chico… ¿te gustaría venir a tomar el té conmigo, Changmin? Hoy sirven escalopes de langosta con trufas en áspic.

—Gracias abuela, pero no, detesto el áspic, me provoca náuseas disfrútalo tú.

—Tú te lo pierdes, entonces invitaré al príncipe Kyuhyun.

—Kyu se llevó su huesudo trasero a Sicilia hace cinco días, sus padres lo requerían ahí, pero seguro vuelve dentro de poco. — informó.

—Oh, bueno, querido, ésta bien, pero tú toma algo, aun falta para merendar.

—Seguro abuela— dijo Changmin encogiendo los hombros sólo para liberarse de ella— ahora si me disculpas— dijo antes de volverse a meter en la sala de audiencias con paso rápido…


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Cuatro días.

Jaejoong despertó a medias de su lacerante sopor, bañado por los brillantes rayos del sol del atardecer que se colaban por la pequeña y polvorienta ventana de aquella sala de torturas,  solo podía ver el piso ensangrentado y mugriento, y durante un momento la realidad volvió a dar uno de sus lentos y mareantes saltos mortales y Jaejoong no pudo reconocer el lugar. Pero poco a poco fue recordando, mientras el dolor de abría paso por
su cuerpo de manera lenta, como la punta de un cuchillo muy oxidado que rebusca gusanos entre los restos de tripas podridas, tenía todo el cuerpo dolorido, el hambre mordisqueándole el estómago y un sabor a polvo y sangre rancia en la boca.
Se hallaba bailando en el filo de la inconsciencia cuando sintió como sus labios eran limpiados con una especie de esponja húmeda y fría, y abrió un poco, muy poco la reseca boca, rota y llena de sangre, consiguió abrir a medias el ojo izquierdo, ya que el derecho lo tenía completamente cerrado y con una plasta de sangre supurante y medio coagulada, y enfocó a uno de los guardias que le ofrecía un poco de agua, empapándole los labios
con una esponjita.
Quiso hablar, darle las gracias, incluso pedirle un poco más cuando escuchó cómo se abrían los cerrojos metálicos y entonces decidió que volvería a dormirse, no sabía bien si por el cansancio, el dolor o la pérdida de sangre, ya que podía ver perfectamente un buen charco de la misma alrededor de sus rodillas, pero de cualquier manera se dejó caer de nuevo en la inconsciencia, sentía tanto dolor que se preguntó cómo no había muerto aún; esperaba hacerlo pronto para poder descansar de la terrible tortura a la que estaba siendo sometido, el guardia se alejó de inmediato, volviendo a su puesto inmóvil en el fondo de la habitación, y cuando la anciana, seguida del enorme espía y el otro guardia entraron, Jaejoong se sumió de nuevo en su doloroso síncope.

—¿Aún sigue vivo? —preguntó la anciana con admiración, mientras el espía le levantaba la cabeza a Jaejoong sujetándolo por el estropeado y sucio cabello.

—Aún está vivo Majestad —dijo el hombre, esbozando una sonrisita burlona.

—Es resistente como una bacteria… ¿Quién lo diría?... —dijo la anciana seriamente; luciendo pensativa—. No sabes lo que acabo de averiguar. ¿Tienes idea de quién es éste joven? —El hombre palideció y se quedó mudo— ¿no sabes? Bien, te lo diré yo. Este chico no es uno más de esos niños bastardos y muertos de hambre que pululan por el pueblo, no sé como lo hizo, pero es un príncipe Erpa-ha. ¿Sabes qué significa eso?

—N-no majestad.

—Significa que posee uno de los títulos de nobleza más altos jamás otorgados, y significa que si alguien se entera de lo que le hemos hecho, sería nuestra ruina… necesitamos deshacernos de él lo más rápido que podamos.

—Usted manda Majestad.

—Ahora iré a tomar el té, cuando regrese y si aun está vivo lo meterás en la jaula, y cuando muera lo sepultaras en lo más profundo del bosque.

—Como ordene Majestad.

—Te has portado bien, puedes ir también a descansar antes de acabar con él, que los guardias vigilen la entrada —se volvió hacia los recién mencionados y los atravesó con sus frías pupilas— que absolutamente nadie se atreva a entrar aquí o los meteré en la jaula ¡juntos! —amenazó. Acto seguido se retiró, seguida por su espía, charlando alegremente.

El par de soldados habían tomado sus puestos al lado de la puerta, callados como piedras, pero los pensamientos del que le había ofrecido agua a Jaejoong volaban como luciérnagas aletargadas dentro de su mente. No le parecía justo lo que estaban haciéndole al Príncipe, era noble, bondadoso, y sobre todo un niño, uno totalmente inocente, cuando se enteró que iban a meterlo a la jaula cilíndrica, todo su cuerpo se apretó y fue presa del coraje.
“Acabará haciéndolo y nadie la detendrá, no le importa que sea un Príncipe, el hijo de los Reyes, su nieto, ni el hermano del príncipe Changmin”
Maldijo a la anciana y odió su despreocupación y su alegre crueldad.
“El chico no le importa en lo más mínimo, le da igual que su propio nieto muera de la forma más atroz posible, lo desangrará hasta dejarlo reseco.”

¿Pero de que privilegios gozaba la vieja bruja? Era poderosa, si. Pero no más que el importante e implacable príncipe Changmin, quien día a día ganaba más fuerza y respeto en todo el Reino y quien estaba desesperado buscando al chico, sin saber siquiera que era su hermano ¿Le agradaría la idea? ¿Lo salvaría? El guardia quería creer que fuese
cierto.

“Tienes que librarlo de ese destino” le había dicho su conciencia. “Tienes que informarle a su hermano, así el podrá salvarlo y castigar a los que le han hecho tanto daño” Si, definitivamente lo haría.
Estaba de pie al lado de la puerta cuando se llevó una mano al estómago e hizo un fingido gesto de dolor, su compañero lo miró con curiosidad, y asintió cuando le dijo que tenía que ir urgentemente al baño.
Al parecer había caído en el engaño, y cuando salió del pasillo y desapareció de la vista del otro guardia, echó a correr como perseguido por el mismísimo demonio. Debía encontrar al príncipe Changmin antes de que fuera demasiado tarde, disponía de un par de horas por decir mucho.

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Changmin se sentía cansado, extrañamente cansado, no había dormido ni pizca de bien durante cuatro días, pero el cansancio que sentía no era normal, estaba completamente extenuado, al límite de sus fuerzas, incluso podría echarse a llorar del cansancio que lo embargaba, y no entendía por qué se sentía así. Experimentaba emociones no propias de él, emociones y sensaciones que jamás había sentido y eso lo desesperaba y además de
todo se sentía envuelto en dolor.
Era domingo, y técnicamente el tendría que estar de pie sobre esa ridícula tarima labrada en madera de caoba que habían solicitado sus padres, donde daría el “si quiero” en una boda que era un error, en lugar de estar dando vueltas como león enjaulado dentro de la sala de audiencias, siendo observado por un colérico Yunho y una pequeña horda de furiosos y preocupados Valientes del Rey.
Yunho estaba de pie, inclinado hacia la mesa donde el montón de papeles había crecido de manera considerable en cuatro días, y en los cuales no había más que ínfimas pistas. Los soldados habían buscado en toda la isla, en el pueblo, en los bosques y buscado en las extensas playas sin encontrar ni el más leve rastro que pudiera llevarlos hasta Jaejoong.

—Alteza —habló Yunho por tercera vez—, no queda sitio donde más buscar… más que vuestro palacio. Insisto en que me deje interrogar a vuestra abuela….-Changmin levantó la vista, fatigado, indignado y parpadeó.

—Debe ser broma ¿Crees que pudiera estar aquí? Y ya te dije que no metas a mi abuela en esto, ella es incapaz.

—No puede haber otro sitio, a menos que se haya tirado de cabeza por el peñasco que está en la bahía —dijo Yunho con retintín. Sus sospechas hacia la temible y anciana abuela de Changmin se habían acrecentado sin motivo aparente, y recelaba totalmente de ella.
Podría apostarse todas sus medallas y ambos brazos a que la decrépita mujer tenía algo que ver en la desaparición de Jaejoong.

—Los Reyes y Príncipes de Mónaco piensan igual que yo. Por favor Alteza, solo cinco minutos.

—He dicho que no. En cuanto a lo otro, si dices que el palacio es el único sitio que queda… a propósito ¿Cómo está la princesa?

—Agotada —habló Yunho— sumida en la desesperación.

—Pues adelante entonces, peinen el palacio, las habitaciones, las bodegas, las… Pero el príncipe guardó silencio cuando la puerta de la sala de audiencias se abrió de golpe, dándole entrada a un sudoroso y exánime guardia Calabriano, quien se aproximó entre trompicones hacia la mesa donde estaba Changmin.

—Alteza —balbuceó en un intento de tomar aire.

—Serénate —dijo Yunho, poniendo la mano sobre el hombro del agotado gendarme— y dinos lo que sea que viniste a decir.

—¿Qué sucede? —preguntó el príncipe, acercándose con apatía, pero el destello anhelante que iluminó los ojos del centinela hizo que Changmin sintiera un pánico tan estúpido e irracional como el de la polilla que se estrella una y otra vez contra el cristal. Un pánico que le hizo sentir un deseo incontenible de asesinar a alguien. Changmin lo entendió en un segundo, el guardia sabía dónde estaba Jaejoong

— ¡¿En dónde está?! —Gritó el príncipe sorprendiendo a todos al tomar al soldado por los hombros y agitarlo con violencia.

—Ma-majestad… tiene que ir… está muriendo… vuestro comandante… tiene que salvarle. —Apenas podía hablar. Las manos de Changmin le estaban oprimiendo el cuello con demasiada fuerza.
Yunho, quien había permanecido en silencio, dejó escapar un rugido y se plantó al lado de Changmin con la espada desenvainada, acción que copió la docena de soldados que esperaban detrás.

—¡¿En dónde, maldita sea?! ¡¡¡¿En dónde?!!! —Los ojos de Changmin se desorbitaron, dándole por un segundo el aspecto de un hombre desquiciado.

—En… en la habitación… el salón de torturas…en el pasillo que conduce a las mazmorras… —dijo el guardia con la voz estrangulada y el rostro totalmente morado.

Changmin sintió que sus pulmones se endurecían, volviendo el aire en afiladas esquirlas de cristal que se comenzaron a clavar sin piedad a lo largo de su espina. Soltó al soldado con violencia haciendo que éste aterrizara en el piso y corrió como un bólido hacia la puerta, despareciendo por ella en cuestión de segundos, con el terror quemándole la garganta.

—¡Ustedes, informen a los Reyes de Mónaco y Calabria!, únicamente a los Reyes — ordenó Yunho a un par de soldados anonadados—, el resto síganme —terminó mientras echaba a corren en pos de Changmin, con una decena de enloquecidos soldados sedientos de venganza pisándole los talones.

Changmin corrió como nunca en su vida había pensado hacerlo, no corría, prácticamente volaba, atravesando pasillos, empujando a sirvientes, nobles y cortesanos, no le importaba quienes fueran. Sus botas creaban ecos resonantes y su capa se agitaba violentamente a su espalda, sentía perfectamente la presencia de Yunho  y de sus soldados muy cerca. Tanto mejor, porque sin duda rodarían cabezas, por más que corría, sentía que no avanzaba nada. Jamás le había parecido tan grande el palacio como en aquellos momentos., finalmente, después de unos cuantos minutos, su carrera desembocó en el estrecho y bajo pasadizo que conducía directo a las mazmorras.
Al fondo del mismo había otro guardia de pie custodiando una puerta, y en cuanto se había percatado de la figura del príncipe, que se aproximaba corriendo igual que lo haría un toro de lidia, perdió totalmente el color y levantó los brazos, queriendo detenerlo aunque sabía que era inútil, tan solo un par de metros atrás de Changmin venían más personas, personas a las que reconoció como los bárbaros soldados de Mónaco, por las
gigantescas lanzas y los fuertes arcos de madera y remaches plateados.
El príncipe no perdió el tiempo, apartó al guardia de un violento empujón, abrió la puerta de madera oscura de una furiosa patada haciendo que esta se partiera en dos y quedara colgando de los goznes… y la escena que lo recibió lo dejó sin habla.

Lo primero que captó fue una potente vaharada a mugre y putrefacción que le revolvió las tripas, seguida por la mirada plasmada en el rostro de su mismísima abuela, Changmin no se lo podía creer, la mirada era de un terror tal, que incluso resultaba hilarante. La anciana se había quedado petrificada al ver aparecer a su nieto como lo haría el mismísimo Perseo clamando venganza. Detrás de ella, Changmin pudo ver una enorme jaula parecida a una jaula para pájaros, en tamaño real, pero esta era de hierro tan oxidado que el color había
pasado del negro medianoche al marrón rojizo con el paso del tiempo, estaba abierta de par en par con las puntiagudas estacas tan amenazantes como atrayentes, lista paras para atravesar y desangrar a alguien, un hombre a quien Changmin no conocía de nada acababa de colocar una palangana justo debajo de la jaula, que sin duda era para contener la sangre que las estacas oxidadas harían brotar del cuerpo de la infortunada
víctima, y en cuanto había visto al príncipe se había quedado igual de tieso que la anciana, pero Changmin ya no los miraba porque sus ojos aterrorizados, vueltos todo pupila, se habían quedado enganchados a la silueta completamente quieta y extrañamente retorcida que estaba al fondo de la habitación.

—¡¡¡¡NO!!!! —El grito lleno de pánico del príncipe retumbó por las cuatro paredes mientras el joven corría cruzando la habitación como un rayo ante la atónita mirada de los presentes, derrapándose con la sangre de Jaejoong esparcida por el suelo al llegar a él— ¡Oh no! —Sus palabras eran un lamento agónico—. No es posible. Por Dios. No. Jae. ¡JAE!
—gimió, deteniéndose delante de él, el rostro de Changmin se contorsionó, miró a su alrededor con tanto miedo y desesperación como si los rayos del sol, las mohosas partículas de polvo que flotaban en el aire y los oxidados instrumentos de tortura se hubieran convertido de repente en algo totalmente nuevo para él.

Yunho y los soldados llegaron en ese mismo instante, y se quedaron momentáneamente absortos e inmóviles contemplando la terrible escena.
Yunho miró a Changmin después con una cólera helada, quiso ir hacia él y gritarle en toda la cara un “te lo dije”, pero logró contenerse, Changmin volvió a mirar a Jaejoong, abrió la boca, y dejó escapar un rugido tan terrible que desgarró la quietud de la tarde, partiéndola por la mitad.

—¡Fuera de aquí! —Bramó la anciana al salir lentamente de su postración, Yunho la miró con verdadero odio y temió por un momento no poder contenerse y empezar a golpearla. Pero entonces la anciana se volvió hacia su espía— ¿Qué esperas? ¡Mátalo! —Gritó, señalando el cuchillo que su espía portaba en el cinturón, el mismo con el que le había hecho varios cortes en los brazos a Jaejoong.

Yunho sintió que su sangre hervía de puro coraje. Aun después de ser descubierta, la inhumana mujer ordenaba terminar con el frágil hilo de vida que le quedaba al pelinegro, y lo hacía sin contemplaciones ni remordimientos.

—¡Arrestadla! —Bramó Yunho, mientras él mismo saltaba encima del espía y empezaba a rodar por el suelo, forcejeando con el— Y a estos insensatos también —vociferó y ocho grandes manos enfundadas en armaduras cobrizas sometieron al hombre y a la anciana en cuestión de segundos.

—¡No! Asquerosos plebeyos ¡Suéltenme! ¡Changmin! Changmin ayúdame. —La anciana lucía aterrorizada, y comenzó prácticamente a implorarle a su nieto, quien la ignoró como si ésta no existiera.

—Que se calle —ordenó Yunho mientras se sacudía la ropa— y en el acto, la mujer fue silenciada por la enorme mano de un soldado.

Yunho fue hacia Changmin, sin poder creer en el semejante ultraje que veían sus ojos. Jaejoong estaba completamente inconsciente, con las rodillas dobladas incómodamente bajo su cuerpo, siendo sostenido únicamente por sus brazos aun presos en grilletes suspendidos del techo. Olía a polvo y a mugre y su cuerpo estaba casi totalmente bañado en sangre.
Desesperado, Changmin tomó su cabeza con infinito cuidado y la levantó, las manos temblorosas le quedaron totalmente pringadas de sangre, y jadeó de horror al verlo, Jaejoong lucia irreconocible, su hermoso rostro estaba casi totalmente destrozado y respiraba con un gorgoteo muy débil que salía desde el fondo de su garganta.
Changmin apenas podía soportar verlo, y sin embargo no podía apartar la vista, sintió que lo invadía una rabia obcecada, tiró de las cadenas, pero éstas no se movieron ni un ápice.
Volvió a mirarlo mientras apretaba la mandíbula y sus dientes rechinaban, toda la mitad inferior del rostro de Jaejoong se había convertido en una máscara de sangre y morados, tenía el cuerpo totalmente flojo, pero los dedos ensangrentados de sus manos se tensaban y se relajaban incesantemente.

—La llave —gritó— ¡¿Dónde está la maldita llave?! —No podía tolerar ver a Jaejoong así por más tiempo, colgando y roto, desangrándose como un animal en el matadero.

Yunho fue hasta el enorme espía que ahora estaba de rodillas con la punta de una lanza presionándole la nuca. Se inclinó y le arrebató la llave del cinturón después de propinarle una tremenda patada que le hizo pedazos el maxilar derecho, después le llevó la llave al príncipe. 

 —Está muy débil —dijo Yunho al revisar los signos vitales de Jaejonog, restregándole la sangre pegajosa del cuello para palpar la piel ardiente, encontrando las señales de vida que aunque eran muy sutiles, estaban ahí—. Le quitaré los grilletes, sosténgalo bien Alteza.

Changmin asintió desesperado y pasó ambos brazos por el tórax de Jaejoong, justo por debajo de las axilas del pelinegro y lo levantó, Yunho metió la llave en las cerraduras oxidadas de los grilletes, haciéndolas crujir. Pronto el brazo derecho quedó libre y se hundió hacia abajo.

—¡Con más fuerza! —pidió Yunho—. Levantadlo Alteza, éste brazo está roto, o dislocado, y cuidado también con su cabeza, puedo ver una herida muy profunda en entre el cuello y la espalda —dijo al empezar a abrir el grillete que sujetaba la muñeca izquierda de Jaejoong.

 Changmin dejó escapar un aullido de rabia, el cuerpo del pelinegro se desplomó sobre los brazos de Changmin una vez que los grilletes fueron liberados, Yunho sintió un estremecimiento de verdadero terror engancharse a su columna cuando vio el escalofriante y antinatural ángulo en el que había quedado el brazo izquierdo de Jaejoong.

—Traigan de inmediato al doctor Ferrer —ordenó el príncipe a gritos. Yunho se alejó de  Changmin asintiendo asustado, el principe lo asustaba. Había una luz de desesperación en aquellos ojos marrones hundidos en las orbitas y la desesperación parecía estar mezclada con una furia terrible—, que venga de inmediato si quieren seguir viviendo.

Yunho le dirigió una última mirada de tristeza y compasión al cuerpo estropeado de su amigo antes de volverse hacia el guardia para asegurarse de que se obedeciera la real orden y trajeran al doctor.
Changmin se acercó entonces a la figura encorvada de la que fuera hasta hace unas horas su abuela, y la miró con helado odio y desdén, uno de los soldados la tenía bien sujeta, casi con sadismo, con las manos dobladas en la espalda fuertemente, después le echó una ojeada a la enorme jaula y se sintió inundado por un instinto asesino.

—Planeabas meterlo ahí, ¿no es verdad? Nadie respondió, pero la mirada de censura en los ojos del esbirro de la anciana hablaba por sí sola. —Habrá un cambio de planes —dijo el príncipe, y se volvió hacia Yunho—. Metan a este imbécil ahí —dijo señalando al espía— y una vez que este muerto, exhiban la jaula con su cadáver en las verjas de entrada al palacio hasta que se pudra y quemen y fundan todas estas maquinas de tortura, en cuanto a ti, hipócrita que fingiste estar preocupada por él…

—dijo, volviéndose hacia la anciana. Changmin llevaba el cuerpo inerte de Jaejoong entre los brazos, sentía el retumbar vivo, lento y pesado de su corazón y por encima de los labios destrozados y la nariz fracturada, se podían ver los ojos del pelinegro escondidos detrás de los parpados entrecerrados y llenos de morados, que solo dejaban ver una línea de lágrimas resecas color blanco con ribetes plateados, el príncipe, presa de una ira absoluta e inconmovible, solo fue capaz de mover la boca para escupir cuatro palabras impregnadas de odio y amargura—Pagarás muy caro esto. —Acto seguido, se retiró.

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La siempre eternamente vacía habitación del príncipe Changmin estaba llena de gente con rostros silenciosos y mirada atemorizada.
Tras pensarlo cinco segundos Changmin  había decidido llevar ahí a Jaejoong, gritando por todo el camino ordenes, agua caliente, muchos, pero muchos paños limpios, ropa limpia y comida caliente, pero cuando finalmente Jaejoong estuvo recostado y seguro en el lecho blanco de Changmin, el Príncipe no se atrevió a tocar ninguna de sus muchas heridas, solo le había retirado los mechones de cabellos negros pegados al rostro, al ver a Jaejoong tan herido, vulnerable y al borde de la muerte, sentía que todas sus ilusiones se estaban esfumando
desagüe abajo, como un remolino de agua sucia. Las inmaculadas sabanas blancas estaban ahora teñidas de sangre, de desesperación, de dolor… El Rey Magnus y su esposa fueron los primeros en aparecer… y el caos se desató.

—¡¿Pero qué demonios…?! —Gritó el Rey al ver el lamentable estado en el que se encontraba su brillante Erpa-ha— ¡¡¿Quién cometió esta infamia?!! —Y después se volvió hacia su escriba—. ¡Que la princesa Ambrosía no venga aquí ni por error! Y dile a mis soldados que se preparen para luchar —ordenó. Después volvió a fijar su rabiosa mirada en Changmin, a su lado, la Reina estaba totalmente atónita, como si sus ojos no pudieran creer
lo que estaban viendo. Un sollozo ahogado fue su única reacción—. ¡Castigaré con la horca a los responsables de ésta bajeza! ¡¡Reduciré toda Calabria a cenizas!! —Gritó—¡Tú, Changmin! ¿Dime, quién lo hizo? ¡Dímelo!

—Fue…

Pero antes de que Changmin pudiese responder, las puertas se abrieron y sus padres hicieron acto de presencia, deteniéndose abruptamente al ver al chico medio muerto que respiraba dificultosamente sobre el lecho de Changmin. La Reina Simone se llevó las manos al rostro para esconder una mueca horrorizada.


—Te lo dije, Donsik —Tronó Magnus totalmente colérico, señalando a Jaejoong con su índice lleno de anillos dorados—. Te advertí lo que pasaría si Jaejoong resultaba herido y ¡míralo nada más! ¿Pero qué clase de bárbaros tienes en tu Reino? No te tendré misericordia. ¡Aplastaré tu Reino sin piedad!

—Cálmate Magnus… —dijo Donsik, poniendo una mano en el hombro de su esposa, quien se había puesto a llorar al ver al joven herido, sorprendiendo a todos los presentes y enfureciendo a Donsik— ¡Bueno, no es culpa nuestra lo que le ha sucedido!… estoy de acuerdo que fue aquí en Calabria, pero me parece un poco ex…

—¡No te atrevas a decir que es exagerado! —Vociferó Magnus—. ¡¡Míralo!! Mira su rostro ¡maldita sea! —Entonces se volvió hacia Changmin, que había estado escuchando indignado a su padre, pero sin despegarse un segundo del lecho donde yacía Jaejoong. No le importaba si había guerra o no. El se fugaría con el pelinegro en cuanto éste se pudiera mover— ¿Quién le hizo esto? ¿Dónde lo encontraron?

—Un segundo Magnus, fíjate como le hablas a mi hijo…

—Le hablo como me da la gana.

—Aquí en el palacio lo encontré —Changmin cuadró los hombros y le hizo frente al Rey que en aquellos momentos debería ser su suegro— y se lo hizo Lucila.

—¿Qué? —El sollozo ahogado de su madre le puso los vellos de punta a todos, verle destrozada por su pena y vergüenza al enterarse de lo que propia madre había hecho, hizo que los músculos y nervios de todos los presentes se apretaran, al ver el terror que se agitaba en las oscuras  pupilas de la Reina… Y el infierno comenzó.

—¿Tu abuela? ¿Qué? ¿Pero por qué? —El rey de Mónaco no se lo creía, estaba prácticamente bizqueando por el shock.

—¿Estás seguro Changmin? —Preguntó su padre con voz afilada—Es una acusación muy seria, creo que deberíamos discutir esto con más calma ¿Por qué no llevan al chico a su recamara y…?

—Papá —cortó Changmin, indignado—, haz el favor de callarte, si no vas a estar aquí para ayudar será mejor que te marches.

—Changmin, pero como te atreves…

Pero fueron interrumpidos porque el asustado y sudoroso escriba hizo abrir las enormes puertas nuevamente con estrepito revelando a Yunho, quien entró sin más ceremonia, para darle paso a un hombre muy anciano, que rozaba casi los 85 años, acompañado de un joven completamente pulcro de cabellera color arena y ojos cálidos como la miel tibia.

—El doctor Ferrer y su discípulo, el doctor Jean. —Anunció detrás de ellos el mayordomo, mientras ayudaba al escriba del Rey a cerrar la puerta.

Ambos, médicos profesionales, se quedaron de piedra ante la escena que los esperaba en la habitación real del príncipe Changmin. Jamás habían estado presentes en una asamblea de aquel estilo, con los mismísimos Reyes presentes, y no solo los de Calabria, sino los de Mónaco también. Reyes que se miraban el uno al otro con el ceño fruncido y miradas cargadas, Yunho fue a pararse respetuosamente detrás del Rey de Mónaco, pero sin
despegar la mirada de Jaejoong, quien lucía terriblemente mal.

—Majestades… —Saludaron al unísono los dos médicos, pero los Reyes siguieron mirándose con enojo.

—Vinimos lo más pronto que pudimos —terció el médico más anciano, adelantándose con paso tembleque—habría mandado únicamente a Jean, pero la familia Real siempre es prioridad… ¿Quién requiere atención medica?

—El joven Jaejoong —respondió el Rey Magnus de inmediato, haciéndose a un lado para que los médicos pudieran ver al joven pelinegro.

Al verlo, ambos médicos abrieron mucho los ojos, ambos estaban experimentando la más intensa sensación de deja-vu. A fin de cuentas, hacía poco más de un año habían atendido al mismo chico, en esa misma habitación, aunque el problema era menos grave que ahora. Los doctores se aproximaron al lado del lecho, donde estaba el pelinegro y lo miraron con el terror brillando en las pupilas.

—Dios Santo —exhaló el anciano mientras se llevaba una mano a los labios. El doctor Ferrer se preguntó cómo es que el joven se las arreglaba para terminar siempre sobre la cama de su hermano, completamente apaleado y prácticamente moribundo, miró después disimuladamente a sus Reyes, por supuesto que nadie sabía todavía la verdad, porque de hacerlo, los soberanos de Calabria tendrían expresiones distintas, y serian los
que estarían en primera fila, presionándolo para que revelara toda la información sobre el estado de salud del joven y gritándole que hiciera lo que fuera, hasta milagros para salvarle la vida, y nuevamente el anciano se preguntó si no sería mejor revelar toda la verdad de una vez por todas, y estuvo a punto de hacerlo, pero se acobardó a último momento al recordar la helada mirada de advertencia que la anciana ex-Reina le dirigiera
hacía veinte dos años. Y además, seguramente los Reyes lo mandarían decapitar por haberles ocultado semejante verdad, meneó la arrugada cabeza con desolación, pidiéndole al chico una disculpa con la mirada.

—Revísalo Jean —dijo fatigado y el joven asintió, sintiendo una puñalada de compasión y simpatía por Jaejoong.

—¿Está muy mal? —Preguntó la Reina Simonne con voz estrangulada, sin poder apartar la vista del joven, sentía un extraño y muy potente y singular impulso de abrazarlo, de llegar hasta él y besar su frente, calmarlo y decirle que todo estaría bien.

—No lo sé, Mi Reina —respondió el anciano— Lo sabremos hasta que Jean lo revise pero… en efecto, luce bastante mal.

El Rey Magnus volvió a lanzarle a Donsik otra furibunda mirada envenenada y esperó, igual que hacían todos, mientras el joven médico a toda prisa abría un enorme maletín de cuero negro sobre la cama y comenzaba a sacar su estetoscopio, un par de paletillas de madera y una pequeña linterna hecha totalmente de plata. Y sin ocultar lo impresionado que estaba se acercó a Jaejoong para revisarle mientras los restos destrozados de su nariz y de su boca seguía rezumando lentamente una sangre espesa y casi negra, el joven negó, murmurando varios “umm” bastante desanimados, le revisó con cuidado la humedad del interior de la boca, el tabique y el puente de la nariz, los pómulos afilados y con mucho cuidado le abrió a tientas el ojo derecho, iluminándolo con la lamparita. Los corte externos que decoraban los antebrazos lucían mal, pero no necesitarían suturas.
Toqueteó delicadamente el cuello del joven, frotando para disolver la costra de sangre coagulada de la herida de la nuca, y le revisó las costillas y el diafragma, palpando y escuchando atentamente los órganos internos con el estetoscopio. Se tomó su tiempo en examinar los reflejos nulos de Jaejoong y descubrió que tenía una fisura en el menisco de la rodilla derecha. Por último se detuvo en el brazo torcido espeluznantemente hacia atrás y
revisó detenidamente los bordes de la clavícula y el hombro. Jaejoong había comenzado a reaccionar a los delicados toques del médico y agitaba la cabeza muy lentamente, algunos minutos después el joven médico se levantó para dar su diagnostico y se topó con siete pares de ojos muy ansiosos. Se dirigió directamente a los Reyes y Reinas.

—Bueno… —dijo, colgándose el estetoscopio al cuello de manera competente—, el joven está bastante mal. Tiene el cuerpo lleno de heridas y magulladuras, las heridas demuestran que fue víctima de tortura, por lo menos durante 72 horas, quizá más. Es la peor y más brutal golpiza que he atendido en toda mi vida. Los desgarrones en las cejas, los labios, los pómulos y los antebrazos los puedo suturar, tiene roto el tabique pero
puedo enderezarlo, el ojo derecho esta traumatizado, por suerte no tiene daño en la retina… pero por poco, podría haber perdido el ojo... Lo tendrá teñido de sangre por algunas semanas hasta que el derrame vaya desapareciendo… aunque es probable que pierda un poco la visión —mientras más hablaba, los presentes mas se aterrorizaban y se enfurecían—, la herida de la nuca es profunda, llegó hasta el hueso cervical y los
músculos están desgarrados, la suturaré de adentro hacia afuera dejando un orificio para el drenaje, pero puede que presente hemorragias constantes que habrá que atender sin demora. No hay heridas de consideración en el tórax, aunque puede que alguna costilla esté astillada, no lo sabré hasta que revise más a fondo, su corazón bombea lentamente por toda la sangre que ha perdido, la recuperará completamente dentro de seis meses,
quizá más. —El joven prosiguió sin detenerse— El brazo izquierdo no está fracturado, solo esta dislocado. La razón más segura es por algún violento tirón o por haber estado suspendido de los mismos por demasiado tiempo, además de que claramente puedo notar que estuvo todo el tiempo sostenido sobre las rodillas, las dos están luxadas y la derecha tiene una fisura en el menisco además del músculo del muslo totalmente
desgarrado, no puedo asegurar que el príncipe vuelva a caminar completamente bien.
Además de eso, está casi totalmente deshidratado y la fiebre está comenzando, así que algunas de sus heridas deben estar ya en proceso infeccioso.

— ¿Puede salvarlo? —La voz quebrantada de Changmin era de pura conmoción.

—Haré todo lo que pueda Alteza, pero necesito de alguna autorización para aplicar un tratamiento nuevo contra la infección.

—¿Qué tipo de tratamiento es ese? No autorizaré nada si eso implica riesgos para él — afirmó el Rey Magnus.

—Uno nuevo… bastante eficaz pero… aún está en etapa de experimentación.

—¿Y quieres experimentar con él? —dijo Changmin con el rostro oscuro, totalmente indignado.

—Lo siento Alteza… pero es lo mejor que puedo ofrecer, sin ese tratamiento las posibilidades de recuperación son casi nulas, probablemente la infección y la fiebre lo matarán… por otro lado, el medicamento es bueno, pero…

—Pero qué, di todo lo que tengas que decir. —Ordenó Changmin casi con desesperación.

—Las reacciones adversas son totalmente fatales. Si su cuerpo rechaza el medicamento…

—¿Y así esperas que lo autorice? ¿Pero qué clase de medico de un centavo eres tú? — Magnus estaba totalmente enrabietado, tanto que podría comenzar a escupir fuego en cualquier momento.

—Es lo único que puedo ofrecer en éste caso… el chico está muy mal —y como afirmación, Jaejoong empezó a emitir extraños sonidos guturales desde el fondo de la garganta, sonidos que el joven médico identificó de inmediato como de asfixia. El pelinegro se estaba ahogando con su propia sangre, así que el joven no perdió tiempo y le acomodó la cabeza sobre varias almohadas.

—Hágalo, sálvelo. —Ordenó la Reina de Calabria, hablando por primera vez, nadie más objetó nada. El joven asintió y le pidió a uno de los esclavos que sostuviera la cabeza de Jaejoong , pero Changmin fue el primero en saltar, encargándose de la petición del médico, mientras que él tomaba su maletín y comenzaba a preparar todo sobre la mesa que tenía las palanganas de cerámica repletas de agua humeante y paños de lino color blanco. El
príncipe observaba mudo de horror y de pena el guiñapo irreconocible en que se había convertido su adorado y elegante pelinegro.

—No se preocupen Majestades —dijo el médico anciano tratando de conciliar—. Jean acaba de regresar de un viaje que hizo por Paris y Londres, donde trabajó con una eminencia, el científico Alexander Fleming. Él es el descubridor del tratamiento que se le aplicará al joven. Se trata de un antibiótico en etapa de desarrollo, la penicilina evitará que la infección se disperse por el cuerpo del chico y probablemente le salve la vida.

—Adelante entonces, adelante, pero más os vale que no tenga reacciones adversas o lo pagarán caro —farfulló el Rey Donsik. Quería tener lo más tranquilo que pudiese al Rey Magnus, antes de que éste decidiera cumplir su amenaza de iniciar una absurda guerra por un joven que para sus ojos, no lo valía, pero eso no se lo dijo a nadie—Todo por un simple plebeyo —murmuró para que nadie escuchara.

El joven médico remojó un paño y empezó a limpiar las heridas del rostro de Jaejoong con tiento, tratando de no rozarlas más que lo necesario, al llegar a la nariz, le acomodó el tabique con un movimiento rápido, temiendo el dolor que pudiera ocasionarle al chico, pero éste no se movió, solo Changmin fue el que dio un respingo al escuchar el crujido, mientras arrugaba la nariz al sentir un latigazo de dolor que no sabía de dónde provenía.

—Siempre te metes en unos líos soberbios —le dijo el médico en voz baja, con simpatía—, pero no te preocupes, yo te arreglaré.

El aspecto del pelinegro dejó de ser tan terrorífico una vez que la sangre seca fue eliminada de su rostro y cuello, pero aun así las heridas eran graves.
Changmin se perdió mirándolo, por debajo de la sangre y la hinchazón, su rostro seguía siendo pálido y casi insoportablemente hermoso, simétrico y perfecto.
El médico se levantó y sacó una aguja delgada, brillante como el mercurio y ligeramente redondeada en una elegante curva, acto seguido sacó un rollo de hilo de seda.

—¿Qué es eso? —Preguntó el rey Magnus curioso, todos los presentes estaban igual, menos Changmin. El príncipe estaba indignado, quería que le dieran mas privacidad, pero los Reyes habían rehusado marcharse hasta que estuvieran completamente seguros de que el joven se recuperaría.

—Es sutura Majestad, he de suturar las heridas con mucho cuidado, sobre todo las del Rostro, aprendí una técnica en París. Las suturas las haré escondidas, y los puntos separados para no arruinar la belleza de éste rostro, ahora se ve hecho pedazos, pero en poco tiempo y con mucha suerte apenas le quedara marca alguna, pero antes debo sedarlo un poco —dijo el médico mirando a Jaejoong  de manera embobada, aun con los labios
partidos y las cejas rotas seguía siendo perfecto… y Changmin se estaba dando cuenta de todo y lo miraba con los ojos entrecerrados por la rabia mientras que el doctor llenaba una jeringuilla con un líquido transparente y levemente aceitoso.

—¿Qué es eso? —Preguntó Changmin.

—Es morfina, he de ser muy cuidadoso o podría meter una burbuja de aire en la vena— El médico alzó la jeringuilla mirándola a contraluz—, allá va la burbuja, tan inofensiva como la leche —después se inclino sobre el pliegue interno del codo de Jaejoong y empezó a hundir con mucha delicadeza la aguja en la suavidad de la carne—, allá va —El médico fue subiendo el émbolo muy lentamente hasta que un diáfano remolino de sangre llenó la jeringuilla, un segundo después toda la morfina entró al sistema de Jaejoong.

Changmin sintió su sangre arder cuando vio cómo el médico le dedicaba una caricia casi imperceptible al rostro magullado del pelinegro, y estuvo a punto de lanzársele encima como lo haría un perro rabioso, pero logró contenerse, porque de no hacerlo podría lastimar aun mas a Jaejoong.
“El no sabe nada” se dijo finalmente mientras acariciaba los mechones de la frente de Jaejoong, pringándose los dedos de más sangre, no le importó. “Únicamente juzga a Jaejoong como todos lo hacen, sólo por su externa belleza etérea, pero nadie lo conoce como yo. Nadie conoce su ingenio, sus agradables silencios, y su repentina y muda pasión, no sabe nada sobre nuestras noches calientes y la textura de seda húmeda del interior de su sexo. Puede fantasear un rato entonces”.
El médico suturó las heridas del rostro de Jaejoong con tanta pericia que cuando terminó, apenas se notaban tenues líneas rojizas donde antes la piel había estado abierta, y los Reyes asintieron satisfechos, el doctor Ferrer se adelantó hasta la cabecera e intentó Tocar  la ceja de Jaejoong, pero Changmin lo detuvo, apartándole la mano con actitud posesiva.

—No lo toque —advirtió.

—Pero Alteza….

—Ahí no tiene golpes, déjelo como está. —Changmin —intervino su padre con tono de advertencia—, deja que los doctores hagan lo que tengan que hacer.

—No tiene porque tocar ahí —determinó el príncipe.

—Tiene razón —intervino Yunho—, eso está intacto.

Y siguieron discutiendo aquel sinsentido, nacido de la desesperación y la incertidumbre, mientras el médico más joven tomaba unas tijeras plateadas para cortar el chaleco de cuero negro totalmente estropeado y pringado de sangre que portaba Jaejoong, no podía arriesgarse a sacarlo, si el joven tenía alguna fractura podría ser fatal para él.
El médico anciano miraba desde el pie de la cama, mientras Changin, con la rodilla apoyada en el lecho y la cabeza de Jaejoong entre sus manos, seguía bufando de coraje, de desesperación, los Reyes también observaban mudos y cabizbajos mientras el joven quitaba los jirones maltrechos del chaleco, cuando un trozo de papel de apariencia pesada, entintado en sangre se deslizó por el forro de seda purpura del bolsillo interior, y
aterrizaba sobre las sábanas, a un lado de la mano quieta y llena de magullones sanguinolentos de Jaejoong,  ante los ojos de todos los presentes, el joven medico la tomó por puro acto reflejo, frunciendo el ceño y la abrió para leerla. Permaneció inmóvil durante bastante tiempo, y mientras leía su rostro fue perdiendo
paulatinamente el color hasta quedar blanco como la cera, sus ojos prácticamente se desorbitaron y se atragantó con su propia saliva. Al terminar de leer le dirigió una mirada a Jaejoong y sintió su interior contraerse de terror en un violento acceso de nauseas, sus fosas nasales se dilataron y sufrió una convulsión.

—¿Qué sucede Jean? ¿Qué es eso? —Preguntó el anciano Ferrer, preso de la angustia, pero el joven no respondió. Solo le dedicó una mirada amarga y repugnante que hizo al anciano medico sudar en una oleada de terror que se extendió por su cuerpo tan deprisa como la corrupción se extiende por el sepulcro.

—¿Qué pasa muchacho? Habla de una buena vez —intervino el Rey Magnus con su voz atronadora, mirando como los ojos del joven médico vagaban por toda la habitación, como si no la reconociera, para posarse finalmente en la alta y esbelta silueta del Rey Donsik.

—M-majestad —tartamudeó—, creo que… será mejor que vea esto. Y se levantó para llevarle la carta al sorprendido Rey Donsik.

—¿De qué se trata? ¿Qué es todo esto? —dijo él mientras tomaba el sucio trozo de papel—. ¿Esto es sangre?

—Solo lea, Majestad —dijo el médico, cuya actitud había cambiado al entender que la vida de un príncipe estaba en sus manos. Gruesas gotas de sudor le escurrían desde las sienes y tenía los ojos dilatados por el pánico, comenzó a trabajar en el estropeado cuerpo de Jaejoong con una pericia y concentración atroces, como si su vida dependiera de ello.
Changmin lo miraba con desconfianza y cólera, mientras los Reyes de Mónaco, la Reina de Calabria y el anciano Ferrer e incluso Yunho fruncían el ceño, viendo como Donsik tenía una reacción similar a la del médico a medida que avanzaba en su lectura, estaban preguntándose qué demonios estaría escrito en ese trozo de papel para causar semejantes reacciones.

Cuando el Rey terminó de leer levantó la vista lentamente, con una mirada totalmente impactada. Su corazón latía tan ferozmente que parecía que se le iba a escapar del pecho, y su mirada fue a posarse directamente en el rostro de su valiente hijo, pero no el del Menor, estaba mirando a su hijo Mayor, mientras sus ojos,  se le llenaban de lágrimas y se llevaba una mano temblorosa al rostro.

—¿Querido? —La reina Simonne se acercó a su esposo, presa de la turbación— ¿Qué sucede? ¿Qué dice esa carta?

Pero el Rey Donsik la ignoró y caminó directamente hacia el médico anciano, y le tendió el papel con una violencia inusitada.

—¿Majestad? —El médico no tomó la carta.

—Lee esto —espetó el Rey, con la voz baja, rabia apenas contenida, y esperó mientras el anciano leía, cuando terminó, el papel temblequeaba en sus manos como si el anciano tuviera el mal de Parkinson totalmente avanzado, acto seguido bajó la hoja.

—¿Es cierto? —Fue apenas un murmullo.

—Ma-majestad yo…

—¡¡¿ES VERDAD O NO?!! —Bramó el Rey, haciendo que todos saltaran ante el potente grito.

—…Si Majestad

El aspecto del Rey  era tan conmocionado que resultaba digno de compasión. Tenía los ojos muy abiertos y llenos de lágrimas que parecían estar a punto de desbordarse, la tristeza y la desolación luchaban en su rostro. Todos en la habitación, salvo el médico joven, lo miraban con los ojos abiertos como platos, sin emociones en los rostros. Donsik le arrebató la hoja al médico y llamó a gritos al mayordomo que esperaba afuera.

—¿En dónde está Lucila? —Preguntó una vez que el mayordomo estuvo frente a él en la entrada de las habitaciones de Changmin.

—Su Majestad esta en sus aposentos, custodiada por seis soldados de Mónaco. — respondió el mayordomo.

—Mejor, que la traigan ellos y no la pierdan de vista, si intenta alguna estupidez deténganla, pero no la maten…aun.

Cuando el sudoroso mayordomo se hubo marchado el rey volvió a entrar a la habitación, con la mirada de un hombre consumido,  nadie se atrevió a preguntarle más nada, pero todos esperaban con expectación. Acto seguido, el soberano hizo algo que sorprendió aun mas a los presentes, se acercó decidido al pie de la cama y acaricio los pies de Jaejoong envueltos en sabanas, al mirar a su hijo, sintió que su ira se incrementaba. Delgado y bastante sucio, vestido con ropas ensangrentadas y todas esas heridas plasmadas en el cuerpo, a juzgar por su aspecto llevaba días sin disfrutar de una comida decente o una buena noche de sueño, pero aun así estaba envuelto por un aura de dignidad extraña e inocente. Sus rasgos eran hermosos, puros y conmovedoramente jóvenes, y mientras las manos del médico iban restañando y sanando sus heridas, su rostro dormido adquirió una nueva expresión, algo que solo podría definirse como una especie de santidad o como la sensación de estar donde tenía que estar, de haber llegado por fin al sitio que llevaba buscando desde hacia tanto tiempo. El lugar al cual pertenecía. Y el cambio que se había operado en el príncipe hizo que la chiflada y malévola anciana le pareciera más horrible y amenazadora que nunca.

—Papá, que es lo que sucede —Preguntó Changmin, sintiéndose ansioso, quería averiguar que le pasaba a su padre, el porqué había cambiado su mirada de molestia a una de adoración aterrorizada al ver a Jaejoong, pero se resistía a apartarse del lado del pelinegro.

—Ahora no Changmin, espera un momento —Pidió el rey, y Changmin asintió, estupefacto. El Rey Magnus, su esposa, y Yunho estaban del lado de la pequeña sala blanca, en un silencio totalmente perdido, preguntándose qué había pasado, cuando las puertas volvieron a abrirse, revelando a la anciana Lucila, quien iba caminando lentamente seguida de cuatro enormes guardias de lanzas alzadas. La malevolencia y perversidad
que emanaban de su persona hizo que Changmin, Yunho, y el Rey arrugaran la nariz con asco. En especial los dos jóvenes le dirigieron miradas asesinas, e incluso el Yunho se llevó la mano al cuchillo que estaba en su cinturon pero la anciana no se alteró.

Se detuvo delante del Rey  y le sostuvo la mirada desafiante y helada, EL Rey inspiró tres veces para lograr calmarse, después le hablo:

—Puedo soportar tu orgullo —exclamó— ¡y tu flagrante ineptitud y tus costumbres estúpidas! —gritó, subiendo el tono— ¡¡¡¿PERO COMO PUDISTE SER CAPAZ DE SEMEJANTE BAJEZA?!!! —vociferó el Rey a todo pulmón, con histerismo, levantandouna mano mientras la anciana retrocedía impactada, al igual que el resto de los
presentes.

—¡Donsik! ¡No! ¿Qué haces? —Gritó su esposa, colgándose de la mano que el Rey había levantado.

El Rey le entregó la carta a su esposa sin decir nada más y esperó, destilando ira por cada poro.
Pero nadie estaba preparado para la reacción que la reina tuvo al acabar de leer, se alejó del Rey y se acercó a su madre, tomándola por los brazos y sacudiendo ese cuerpo envejecido y falto de sentimientos y la Reina vio en su propia anciana madre un alma negra y putrefacta, una criatura sin moral y sin pasiones salvo aquellas que podían ser satisfechas a base de dolor y sufrimiento, una horrible criatura enloquecida que podía
entregarse a rabietas incontrolables y horriblemente destructivas.

—¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste? ¿Qué derecho tenías? Nos arruinaste la vida… —lloró la Reina y alejó a la anciana de un empujón para tener el paso libre hacia la cama de Changmin, y al llegar ahí se abalanzo sobre Jaejoong con tanto ímpetu, que el mismo Changmin tuvo que medio saltar a un lado para que el movimiento no dañara mas al pelinegro.

Entonces las manos de Changmin fueron sustituidas por las manos de la Reina, mientras ella acunaba la cabeza de Jaejoong en su regazo y lloraba de forma sonora

—Mi bebé. Mira lo que te han hecho, dios mío, no puede ser, pero te pondrás bien, te pondrás bien —Las palabras eran como un rezo, una letanía.

Los Reyes de Mónaco, Yunho y Changmin  estaban totalmente sorprendidos, impactados, Confundidos, mas este último al ver a sus padres perder de aquella manera la compostura, y al ver la mirada fría en el rostro de su abuela sintió que una nueva ira gélida lo invadía. Quería saber lo que estaba pasando, y quería saberlo ya. Se plantó delante de su padre, ignorando totalmente a su anciana abuela.

—¿Qué es lo que está pasando? ¿Por qué de pronto miras a Jaejoong como si fuera una rara especie de divinidad y porque ahora mi madre llora de forma desconsolada por él? ustedes lo odian —demandó, cruzando los brazos delante del pecho. Miraba fijamente a su padre, pero con la vista periférica tenía una buena visión de lo que hacían con Jaejoong. El médico había abierto su camisa blanca y palpaba la piel entre blanca y amoratada de su pecho—. ¿Qué es lo que dice esa carta?

—Ésta carta Changmin —dijo el Rey, señalando el papel arrugado que tenía su madre en una mano—, ese papel dice que el muchacho que esta medio muerto sobre tu cama, es tu hermano, dice que es hijo nuestro, dice que es un príncipem dice que nació  do años antes que tu lo hicieras, dice que es un príncipe que…ésta mujer —señalo a la anciana— mandó matar para que jamás se supiera la verdad. ni el reino. ni tu madre y menos yo… —Terminó el Rey con la voz totalmente estrangulada.

Y Changmin dio un par de pasos hacia atrás como si hubiese recibido un terrible puñetazo en toda la cara. Estaba completamente impactado y no de una buena manera.

—Tienes que estar bromeando —farfulló, mirando ora a su padre, ora al Rey Magnus, cuya mandíbula había caído hasta el piso. El joven noble camino hasta la cama y tomó de manos de su madre la carta, leyéndola en un tiempo record, después meneó la cabeza— esto es una broma.

—No —dijo la anciana con voz venenosa—, no está bromeando. Es verdad querido— confesó sin parecer arrepentida, dejando a todos sumidos en un completo shock—. Yo lo mandé matar en cuanto nació, pero tuvo suerte y se me escapó —los ojos de la mujer bailaban enloquecidos, taladrando los aturdidos orbes de su nieto— y luego tu Changmin sembraste la semilla al hablarme de tu amigo, el hijo de tu nana, así que mande investigar
y que me encuentro, que está vivo y de no ser por ese maldito guardia soplón, tú hermano estaría totalmente muerto ahora… pero sé que tú me entiendes Changmin, yo lo hice por ti querido.

—¡No te atrevas a decirme así! —Bramó el príncipe, estallando en lo que todos pensaban que era una de sus crisis de egoísmo— ¡Tú no eres nada mío! ¡¿Cómo rayos pudiste?! ¿Cómo puedes estar aquí parada y mirarnos a la cara? ¡Le arrebataste a mi madre a su hijo de los brazos! ¡¡Ordenaste asesinar a mi hermano!! ¡¡¡Y no te atrevas a mirarlo a él!!! ¿Con que derecho lo hiciste? ¡¡¡Eres la peor clase de escoria que ha pisado este mundo!!!
Qué asco y lástima siento de ser algo tuyo.

La anciana retrocedió intimidada ante la furia de su nieto y posó la vista en el cuerpo tendido de Jaejoong, mirándolo con desprecio.

—Entiéndelo Changmin, querido —dijo— y todos deberían hacerlo, Ese chico —señaló a Jaejoong con el índice— es un error, una ignominia, algo que no debió ser, Sin duda es obra del demonio. Los nobles estaban tan atónitos ante tanta ignorancia que no podían decir palabra.

—Sáquenla de aquí. —Pidió Donsik, con voz fatigada, pero de pronto, Jaejoong abrió los ojos (el izquierdo mucho más que el derecho) haciendo que el médico saltara hacia atrás y quedara sentado sobre sus talones, Tanto el rey, como Changmin, el médico anciano y los Reyes de Mónaco se acercaron en el acto.
Changmin vio el rostro bañado en sudor de su hermano y se dejó caer a su lado, Jaejoong respiraba con gran dificultad y alrededor de su boca apareció un hilo de espuma, tenía las pupilas dilatadas y, en la profundidad de sus ojos, Changmin pudo ver el pánico y la inmensa tristeza que su hermano sentía, los labios magullados estaban tensos sobre los dientes y los huesos de sus pómulos estaban mucho más prominentes que cuando habían estado rodando sobre la cama hacía tan solo cuatro días, La anciana sonrió con petulancia, parada al pie de la cama.

—Bendito seas, nieto mío —habló, dejando congelados a todos—, cuando contemples el rostro del señor, me darás las gracias.

Changmin volteó en el acto y miró a la anciana con una furia tal, que ella tuvo que recular varios pasos hacia atrás. Las pupilas marrones del príncipe, que acechaban detrás de las rendijas de los ojos ardían con el fuego de la amargura y tenían el color del veneno.

—¡¡Fuera de aquí!! —Bramó el Rey Magnus estallando en la exasperación y con una seña le indicó a Yunho que se hiciera cargo, en menos de cinco segundos la anciana fue remolcada por el Yunho a base de empujones fuera de la habitación, siendo seguida por los imponentes guardias.

—Por favor Magnus, dame algo de espacio aquí. —Pidió Donsik sin ver a nadie más que a sus dos hijos—. Después hablaremos. Hay mucho que hablar.

—Por supuesto Donsik Serenidad —le dijo poniendo una enorme mano rosada en el hombro esbelto del Rey de Calabria— Jaejoong es un chico fuerte —agregó sin mucha convicción y acto seguido se retiró, caminando al lado de su esposa y con un Yunho que volteaba hacia el pelinegro en todo momento.

—Changmin… —murmuró Jaejoong con su voz de oro que parecía estar a punto de quebrarse— Changmin —volvió a llamar y el príncipe volteó a verlo con una mirada desolada, pero los ojos de Jaejoong ya se habían apartado de los del principe y recorrieron lentamente la habitación hasta encontrar al Medico Real— Yo no pedí éste destino, yo no lo quería, yo solo deseo… paz… no más dolor.

Changmin se apartó de Jaejoong, no lo podía soportar, sintió que su rostro se contorsionaba, pero no iba a llorar. No, no iba a llorar. Se dirigió hasta los ventanales y clavó la mirada en las verdes extensiones de césped recién cortado, mientras el crepúsculo comenzaba a entrar. Los soldados de Mónaco habían formado una hilera cerrada en torno a los ventanales del cuarto de Changmin, esperando con las lanzas en alto y los arcos cargados de flechas, colgando de las espaldas.

La cabeza de Jaejoong se empezó a agitar entre las manos de su verdadera madre, revolviendo la mata desordenada y pegajosa de cabello negro, al tiempo que el joven murmuraba frases entrecortadas e ininteligibles, el joven gemía y se retorcía adolorido, con la frente bañada en sudor, ambos Reyes le tomaron la mano derecha con desesperación, desolados mientras el príncipe doblaba las rodillas cada vez que le acometía el dolor. El joven médico se incorporó y cubrió el delgado cuerpo con las mantas.

—¿Qué le sucede? —Demandó saber el Rey.

—Esta delirando por la fiebre y el dolor y el efecto anestésico de la morfina ya fue consumido por la temperatura tan alta de su cuerpo., tene las costillas muy golpeadas, pero no creo que haya fisura alguna, necesito un par de esclavos fuertes, voy a acomodarle el brazo y mi recomendación es que esperéis afuera Majestades.

—No, no me iré. —La Reina estaba decidida, el Rey asintió, sin moverse, mirando como el médico le pedía al mayordomo que trajera a los esclavos.

—Bueno entonces necesito que os apartéis y no miren por favor, no es algo que os Gustará, el Doctor Ferrer comenzará a preparar los analgésicos más fuertes. —Pidió el médico con amabilidad y tras un segundo de vacilación los Reyes se situaron a ambos lados de Changmin, con las miradas fijas en las filas de soldados que esperaban en el anochecer, mientras el menor de los hermanos tenía los ojos ocultos tras un velo de lágrimas. Unos segundos después en el silencio de la noche se escuchó un sonoro crujido, acompañado por el alarido de dolor más terrorífico y espeluznante que alguien podría haber oído, el lamento viajo por todo el palacio, anidándose en cada rincón, retumbando por cada pared hasta que paulatinamente se fue acallando, dejando todo sumido en un silencio sepulcral en el que solo se escuchaba el crepitar de las llamas de la chimenea, el
menor de los hermanos había sentido claramente el dolor del otro, y aunque fue amortiguado le bastó para soltar un siseo, y las lagrimas que había estado conteniendo por meses y meses finalmente se desbordaron de sus ojos al pensar en la agonía que Jaejoong estaba sintiendo.

Los Reyes regresaron al lado de Jaejoong de inmediato para demandar información, mientras Changmin era abandonado frente a los ventanales, un cúmulo de sensaciones extrañas se habían abierto hueco hasta anidarse en su estomago, ahí dentro luchaban la rabia, la indignación, la injusticia, la negación, la tristeza y el orgullo. No se sentía bien.

—¿Qué va a hacer ahora? —Preguntó la Reina con voz quebradiza.

—Vamos a darle una tintura de arsénico mezclada con amapola para quitarle el dolor y Jean le administrará la primera dosis de penicilina. Por ahora nada más —dijo el más anciano de los médicos con absoluta seriedad, mirando como Jean sujetaba el brazo recién acomodado de Jaejoong a su cuerpo con varias vendas que lucían muy apretadas.

—Un momento ¿y qué pasa con la fiebre? ¡Está ardiendo! —exclamó el Rey.

—El antibiótico se encargara de eso, hay que mantener la frente fresca pero sin humedecer las heridas y… esperar, esperar a que el chico… esto… el príncipe responda.

La Reina había ocupado nuevamente sitio en la cama y tomó la mano que Jaejoong tenia libre. La piel se sentía caliente y seca, y el rostro húmedo y ardiente.

—Siempre supe que había algo —murmuraba en voz baja, con los ojos clavados en el estropeado rostro de su hijo—siempre sentí que me faltaba algo. Te llevé dentro de mí como una inspiración, siempre te amé, Te lo dije Donsik, muchas veces. Ahora puedes ver que no me equivoqué. —El Rey acarició los hombros de la Reina para intentar confortarla, pero nada podía darle consuelo.

—Jean —dijo el Rey—, te quedarás en la habitación de al lado y te asegurarás de que el príncipe vuelva a estar en pie. En cuanto a usted, doctor Ferrer, quiero hablarle en mi sala de audiencias mañana por la mañana, entonces se acercó a Changmin.
—Changmin… sé que esto es difícil. Moveríamos a Jaejoong a otra habitación provisional pero ahora está bastante mal como para hacer eso… y me temo que eso solo pueda acelerar lo que parece inevitable —El Rey sentía que caminaba a pasos muy pequeños por un campo minado, no tenía idea de cuál sería la reacción de Changmin y no quería perder tiempo en ella, su otro hijo lo necesitaba—Puedes quedarte en los aposentos que recién se mandaron construir…—y guardó silencio en cuanto Changmin levantó la vista hacia él, lo
primero que el Rey vio en aquellos ojos inundados en lágrimas fue la impresión de edad y de una sabiduría oscura que se hallaba mas allá de comprensión o medida, y lo segundo había sido una soledad tan terrible como resignada, un anhelo por alguien que quizá había llegado solo para volver a marcharse.

—Yo cuidaré de él. —Fue lo único que dijo el príncipe Changmin
.
—¿Estás seguro?

—Totalmente. Quiero estar a solas con él.

—Pero…

—Descuide Majestad —intervino Jean—El príncipe Changmin es muy capaz de cuidar de su hermano y yo estaré muy cerca por cualquier cosa que pudiera ocurrir.

Y fue así que tras unos cuantos minutos y después de bastante renuencia de los Reyes, finalmente los hermanos se quedaron solos y sumidos en la penumbra, la única luz procedía de una vela titilante que alguien había dejado al lado del mueble de la cama, alumbrando la cabellera oscura de Jaejoong  y los cristalinos frascos con las medicinas. Changmin se desató la pesada capa y se arremangó la camisa blanca mientras se acercaba a
la cama para mirar a su hermano.
Jaejoong había perdido el conocimiento en cuanto el medicamento había hecho efecto y su sueño finalmente era tranquilo. Changmin se sentó a su lado en la parte libre de la enorme cama matrimonial y lo observaba embelesado, su rostro en calma, a pesar de los delgados hilos invisibles de sutura y los morados seguía siendo andrógino e irresistiblemente bello, pero de la misma manera en que una estatua o una máscara pueden ser bellas: simétricas y perfectas, pero frías, sin color y sin vida. Changmin sintió un estremecimiento de miedo, estaba contemplando al alma perdida entre las almas perdidas, este era su hermano secreto y una parte de su mente seguía aferrándose al deseo, y más ahora cuando el resto ya sabía que se trataba meramente de una realidad. Se quitó la pesada corona hecha de oro macizo que portaba aquella noche y la acomodó
muy cuidadosamente sobre la cabellera desordenada de Jaejoong; después sonrió al verlo, y en medio de su fatigado sueño, Jaejoong también sonrió, entonces el príncipe se quitó las botas, se metió en la cama y se acostó a su lado, tirando del montón de sábanas y mantas medio manchadas de sangre y envolvió –con muchísimo cuidado- a Jaejoong entre sus brazos.

Esa noche no quería pensar, no quería pensar en nada, no era una noche para reflexionar, lucharía con sus propios demonios internos después. le bastaba con sentir el reconfortante peso y temperatura del cuerpo que dormía entre sus brazos para poder conciliar el sueño, poco importaba que fuera su hermano o no, lo único que contaba para él es que lo tenía a salvo consigo y se aseguraría de que siguiera así…



Este fue algo extenso si que espero que les guste n,n…. pero aun queda saber que pasara cuando Jaejoong despierte y sepa le depara su destino ahora con su hermano Changmin y su familia real.

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